Barroco mínimo

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BARROCO MÍNIMO/ ESFUERZO MÁXIMO

ENRIQUE QUEIPO EN GRAVURA

 

Los veintinueve papeles (Canson, 130 gramos) pintados con rotuladores de distintos colores que Enrique Queipo exhibe en Gravura, me hacen recordar el dilatado recorrido -me considero uno de sus compañeros de viaje en esos inevitables trenes de cercanías que en un momento dado nos llevan a toda una generación hacia algún lugar que no es sino un no lugar, o no el lugar que habíamos imaginado-, de este creador incombustible envuelto, desde hace décadas, en una obra plástica titánica, que parece cumplir el mandato de la obsesiva reiteración formal. Ese sería el alimento primordial de Enrique Queipo, autor de una producción minuciosa ajena al cansancio, repleta de imágenes subrayadas que se desgajan, como piezas de un mecano, de un mundo personal infranqueable, pero también de un mundo objetivo al que pertenecemos todos nosotros, en realidad, a veces, cuando la mirada confluye, el universo de Queipo somos nosotros. El creador ofuscado solo se limita a levantar acta de lo que percibe, de lo que ve y, sobre todo, de lo que sospecha: interior y exterior de un cosmos peculiar que se transfigura en espiral dinámica, panoplia incontenible, punto de construcción variable, obcecado, y a la vez, atento a las hélices del tiempo, maquinarias fijas pero en acción -todas podrían haber sido, por cierto, portadas de la mítica revista futurista Lacerba-, formas geométricas volubles analizadas al detalle, donde late una sagaz ingenuidad básica que le permite, por ejemplo, seguir creciendo, o disminuyendo, al margen del desorden de los tamaños, como, precisamente, es el caso de las piezas gozosas que se exponen en Gravura.

Las palabras anteriores también podrían referirse a aquella exposición de Queipo que pudo verse, hace unos años, concretamente en 2016, en el Centro María Victoria Atencia de la Diputación Provincial, titulada La espiritualidad del arte, en las que el pintor ya anunciaba los delimitados frisos coloristas que ahora se presentan simbólicamente expandidos hacia una verdad compositiva de apabullante honestidad, una verdad donde no caben trucos, o quizá cabe solo un truco, el producido a causa de una encrespada navegación entre los distintos estamentos, tanto ideológicos como factuales, que constituyen las instituciones públicas y privadas del arte contemporáneo, la argamasa del establishment, que no es culpable de nada aunque, de alguna manera, es responsable de todo.

Por tanto, a estas alturas, visto lo visto, vivido lo vivido, en la tan cacareada crisis de reconocimientos y amnesias, parece cumplirse aquella profecía machadiana de que todo necio confunde valor y precio, al fin y al cabo, las situaciones y síntomas de la creación plástica vendidos a precio de rebaja, recrean, y lo peor, empujan, a un vacío de motivaciones y expectativas tras las heroicas enseñanzas de ida y vuelta, de éxitos y fracasos, más o menos frustrados, de los movimientos de vanguardias históricas y antihistóricas, que han encajonado la mirada del espectador hambriento de nuevas propuestas, hasta agotarlo, aburrirlo y marearlo.

En el texto de Pedro Molina Temboury aparecido en el catálogo de la referida exposición La espiritualidad del arte, este afirma, con acierto, que El laberinto de los laberintos de Queipo es probablemente un Dios ausente que nunca encontraremos, pero eso no hace a sus piezas menos espirituales; como en los mandalas, como en todo arte, su función es servirnos de puerta que ilumine y ensanche nuestra percepción. Tiene razón Pedro Molina Temboury: desde las profundidades de su psique, desde una empatía extraordinaria con la existencia, este creador emite variables geométricas interminables que no son sino juegos vitales, advertencias anímicas, propuestas formales encadenadas, que nos hace pensar en la importancia de estar vivos, de continuar la batalla, de dejar el rastro sin que proyecten sombras en fuga sino voluntad de resistencia. Creo que estas tramas y urdimbres barrocas que teje últimamente Enrique Queipo expresan que, en este caso, el silencio se oye, y muy alto.

 

                                               Alfredo Taján. 21-junio 2022

 

Sin título I, 2016. Rotulador sobre papel Canson de 32,5 x 46 cm

Sin título II, 2017. Rotulador sobre papel Canson de 32,5 x 46 cm

Sin título III, 2016. Rotulador sobre papel Canson de 32,5 x 46 cm

Sin título IV, 2014. Rotulador sobre papel Canson de 32,5 x 46 cm

Sin título V, 2013. Rotulador sobre papel Canson de 32,5 x 46 cm

Sin título VI, 2014. Rotulador sobre papel Canson de 32,5 x 46 cm

Sin título VII, 2015. Rotulador sobre papel Canson de 32,5 x 46 cm

Sin título VIII, 2015. Rotulador sobre papel Canson de 32,5 x 46 cm

 

ENRIQUE QUEIPO CV