TARJETA-FRANCISCO-GONZALEZ.

Primera Exposición de Obra Grafica

Francisco González Romero; o la pasión de crear/

Rafael Valentín López Flores/ Doctor en Historia del Arte

Pasión, vitalidad, ilusión, entusiasmo…, son muchos los calificativos, casi innumerables, que podemos relacionar con la labor y ejemplo vital de Francisco González Romero. Múltiples, variados y siempre loables, llamativos en cualquier ámbito, pero más si cabe en su caso, cuando la experiencia acumulada nunca ha dado paso al hastío o el desapego originado por los años o las decepciones; amplio abanico de virtudes, a veces desapercibidas, entre las que escogemos, con motivo de una nueva exposición pública de sus obras, la constancia y la inquietud.

Hace años que González Romero, autor de una dilatada y versátil obra, podría haber optado por la seguridad de sus hallazgos plásticos y trabajar, desde la seguridad de su luminoso taller en pleno centro de Málaga, en la depuración y variación de los mismos, pero la realidad es bien distinta. Paco –como le conocemos aquellos que tenemos el privilegio de ser sus amigos– ejerce de “joven” pintor a sus 92 frescas primaveras, y lo hace dando forma a un universo creativo marcado por el símbolo y la geometría; un mundo pictórico, con más de siete décadas de existencia, que, lejos de enmohecerse o anquilosarle, respira vitalidad y novedad por cada uno de sus poros. Un mundo entre dos milenios que nuestro pintor, armado con altísimas dosis de conocimiento, inagotables reservas de ímpetu y grandes despensas de curiosidad, afronta sin vacilaciones, de la mano del estudio incansable de nuevas perspectivas estéticas, filosóficas y pictóricas, profundizando en el conocimiento del arte contemporáneo y las vanguardias para poner al día su visión de la cultura que le rodea.

Hoy, tras toda una vida dedicada a la creación artística, la educación y la promoción cultural, Paco nos brinda la oportunidad de adentrarnos en una nueva faceta de su poliédrica personalidad; nos vuelve a sorprender, mostrándonos su fértil universo creativo en nuevos soportes y usando nuevas técnicas. González Romero inicia nueva andadura como grabador, trasladando a la plancha, con buriles y rascadores, sus últimas indagaciones estéticas dentro del proceso que él mismo ha denominado “evolución en arte”, y el resultado, a buen seguro, no dejará indiferente a ningún espectador.

Apoyado en el rigor y la norma de todo buen dibujante formado en las lides de la academia, y avezado en las sólidas normas de la arquitectura y el diseño interior de los espacios, Paco González Romero nos ha brindado, durante su dilatada carrera, diversas lecturas de una misma pasión creadora plasmada en las más diversas temáticas, sobresaliendo, por su especial rotundidad, sus paisajes, bodegones, figuras e interpretaciones de lo sacro.

Hoy, con nuevas técnicas y nuevos soportes, contemplamos los resultados de su concienzuda búsqueda. Ante la visión de las obras cabe decir, en un primer acercamiento, que no estamos, ni mucho menos, ante un pintor “sacro” al uso. Su visión, totalmente anicónica, se identifica en complejos entramados lineales, planos uniformes de color repletos de superposiciones y sutiles veladuras, esquemáticas figuraciones, cromatismos planos que van del fuerte contraste a la poética rima musicalizada, del profundo negro a la luminosidad de los tonos pastel, un dibujo preciso o un estilema, una marca de estilo a modo de firma, símbolo o presencia “escrita” del espíritu creador, que González Romero repite en sus series: tres franjas verticales que se convierten en emblema de la íntima “trinidad” artística del pintor.

Pese a su aparente asepsia, basada en geometrías, planos y signos, sus interpretaciones no están faltas de espiritualidad y, si queremos, hasta cierta “devoción”, pero hablamos de una espiritualidad y una devoción diferentes, que nacen principalmente de la interiorización de las enseñanzas filosóficas, conceptos abstractos y las propias máximas estéticas de las artes, y se expresan mediante símbolos, geometrías puras –en las que, según algunos, reside la perfección de la propia divinidad– y espacios que, pese a su física planitud, crean una espacialidad notable, casi infinita; muy apropiada para servir de fondo a misterios insondables que González Romero escenifica con sus pinceles a través de verdaderos diagramas simbólicos cuya vocación universal subyace en el poder inmutable de las geometrías.